No es que en Colombia escaseen los futbolistas bendecidos con creatividad crónica y carisma irredimible. Así, por partida doble. Igual te dejan boquiabiertos con su técnica, como sonriendo con su aura. La melena dorada y el trote airoso del Pibe Valderrama escondían una de las mentes más lucidas que jamás haya hurgado los espacios de una cancha.  La temeridad del “Loco” Higuita arrancaba exhalaciones de las buenas y de las de infarto, pero igual significó una revolución en la posición del portero líbero y hasta influyó en cambios reglamentarios históricos —como la prohibición de que los guardametas tomen las devoluciones con las manos. Cómo olvidar las volteretas de celebración de Asprilla, tan plásticas como su galope y sus goles. Y están los casos más extremos y trágicos. Albeiro “El Palomo” Usuriaga, de quien el periodista  argentino Jorge Barraza escribió: “Apenas asomaba su esbelta figura de ébano por la tribuna el estadio (la Doble Visera de Independiente de Avellaneda) estallaba en un grito: ¡U-su-riaga… U-su-riaga…! (…) Recibía ovaciones por caminar, por estar, por ser”.

La Selección Colombia y la Juventus de Turín tienen la fortuna de contar con el jugador cafetero de la actualidad que tal vez porta con mayor fidelidad  esa combinación atómica de creatividad y carisma:  Juan Guillermo Cuadrado.

En la selección es uno de los referentes, espirituales y futbolísticos, que la lidera la ilusión en Rusia. Había marcado el vigésimo gol mundialista colombiano en Brasil 2014 de penalti, y en Kazán le correspondió marcar el trigésimo después de una carrera de media cancha en la que definió a la perfección pase cruzado, una genialidad de James Rodríguez. Ya son muchos años los que lleva Cuadrado diciendo presente en los momentos más lindos de la generación más brillantes que ha dado el fútbol colombiano —justamente desde ese equipo de Valderrama, Higuita, Aprilla, Rincón, Leonel Álvarez y compañía.

En la Juve, extremo derecho se ha mantenido a flote, vigente y protagonista, en su tercera temporada en la plantilla más competitiva de la Serie A. Se adaptó a las exigencias tácticas de Allegri.  Se acomodó a la llegada, paso y salida de Dani Alves —ese lateral fuera de serie con el que le tocó repartirse la banda derecha.  Afianzó su identidad futbolística en un mediocampo con talento diverso y abundante, veterano y emergente. Y así, despacito y como sin querer queriéndolo, ya son tres copas Italia, tres Scudettos y tres campañones de Champions League a los que  Cuadrado ha aportado.

Cuadrado no ha necesitado ser de los jugadores con más minutos en la plantilla. Con 1915 minutos, tuvo 5 anotaciones y dio diez asistencias, algunas en partidos trascendentales. Una participación directa en goles cada 127 minutos. Nada mal, considerando su contribución en el tejido de otras jugadas que antecedieron gritos de gol, y su papel crucial en la posesión de la pelota e incluso en acelerar y desacelerar el reloj, según los requerimientos estratégicos.

El colombiano también se ha vuelto un jugador más maduro, con un abanico táctico más completo. Recupera balones que se convierten en contras vertiginosas. Su versatilidad por la banda lo ha llevado a desempeñarse bien tirado adelante, acompañando por fuera a los medios interiores o incluso como lateral.

Aunque el hambre de aportar al equipo lo ha traicionado alguna vez en el pasado —como cuando entró sobrado de revoluciones a jugarse los últimos minutos de la final de Champions 2016/17 contra el Madrid, y terminó viendo la roja por una pantomima que le montó Sergio Ramos— Cuadrado es un jugador cada vez más aplomado. Sabe medir mejor la explosividad creativa y la hiperactividad que guardan sus pies, y comparte la pelota con criterio. Ha alcanzado además una profundidad extraordinaria, estirando el fondo de la cancha para centrar, y también regresando con un tercer pulmón para mantener la posición.

Pero como escribió Simeone en Creer“para jugar a la pelota no alcanza con hacerlo bien. Los jugadores diferentes son aquellos que tienen una gran personalidad, los que le pueden transmitir al juego otras virtudes que no son solamente las de tener destreza”.

Y qué personalidad tiene Juan Guillermo.

Sus pocos críticos en Colombia —que en todo caso los hay y son bien agrios (como en general son los críticos que nunca tocaron la pelota)— le acusan de no soltarla más pronto, de no compartirla tanto, de hacer muchas veces una de más. Lo que nunca entendieron es que esas apreciaciones infundadas tienen origen en uno de los rasgos más especiales de la personalidad de Cuadrado: valentía.

Cuando los caminos están cerrados. Cuando ni la suerte, ni el feeling acompañan a tu equipo. Cuando el rival se agiganta y parece que no lo podés doblegar. Ese ese el tiempo en el que los valientes se separan de los demás. En circunstancias adversas del juego son mayoría los que se le esconden a la pelota, los que prefieren el pase intrascendente o la tiran para atrás como si fuera una papa caliente. En esas noches casi todos evitan encontrarse con el rival de frente. Juan Guillermo, en cambio, nunca se esconde.

Si es urgente, Cuadrado es de los que se va solo contra el mundo.

Si es necesario, Cuadrado es de los que se muestra en el espacio más incómodo.

Si es posible, Cuadrado lo va a intentar aunque parezca imposible.

Juan Cuadrado tiene uno de los mejores índices históricos de dribles exitosos en el enfrentamiento hombre a hombre en la Serie A. Su respectivo índice (“Take on”) del Football Observatory del Centro Internacional para Estudios del Deporte es superlativo. Muy superior al de extremos de élite como Sadio Mané (Liverpool FC) o Gareth Bale (Real Madrid CF) —por sólo nombrar dos súper cracks en las plantillas de los finalistas de la edición 2017/18 de la Champions.

Y qué gambetas ofrece el colombiano en esos hombre a hombre. Cuando Cuadrado pisa el freno, los rivales pasan derecho. En un buen día es casi imposible adivinar para dónde va la pelota y para dónde los pies. Juan se la esconde a uno, te regatea al otro y espera quieto a uno más antes de salirle por fuera todavía con el balón —a plena velocidad. Te mueve los pies con una sutileza, a una velocidad y con una libertad que es mejor no tratar de anticiparlo. El control del ritmo y la anarquía creativa deslumbran cuando se juntan.

Si Cuadrado está fino, no hay defensa que le adivine. Y si no tanto, tenés la garantía de que Juan Guillermo es uno de esos que no se da por vencido, uno de esos que no se arruga ante un gol rival, ni ante los propios errores. Y lo va a intentar una y otra vez. Hasta que deja a los defensas retratados por lo menos en una de esas jugadas en las que te tira un centro letal o busca la falta. Y ahí es cuando te muestra que lo suyo no es sólo técnica o talento. Es su tanto corazón, su tanto sudor y su tanta alegría los que han conquistado por igual a Colombia y a Turín.

Ni con la bianconera ni con esa amarilla por la que delira Cuadrado se ahorra.

Así se metió en el corazón de su Club, de los hinchas, de los dirigentes, del cuerpo técnico y de sus compañeros. En Turín lo tratan como a un hijo más. En su plantilla todos sonríen y le disfrutan —desde la leyenda Giggi Buffon, hasta la legión suramericana, incluidos sus “panitas” Higuaín y Dybala. La amistad que trabó en poco tiempo con Pogba también es reconocida.

Entrega total, energía a tope, optimismo radical. No se queda una gota de sudor, ni tampoco una sonrisa.

Quienes tuvieron la fortuna de disfrutar el Colombia-Polonia del Mundial de Rusia podrán atestiguarlo. No son muchos los futbolistas capaces de solidarizarse con sus compañeros en todas las líneas, al tiempo que mantienen la excelencia técnica, el sentido estratégico y la efectividad. Cuadrado coronó su impresionante despliegue físico y participación en el juego, con el tercer gol de una selección coral. Emergió como figura de un equipo en el que la zurda de terciopelo de James apareció para dar dos asistencias magistrales, en el que el Tigre Falcao marcó su primer gol mundialista, en el que Juan Fernando Quintero se consolidó como motor creativo, en el que Ospina tuvo apariciones salvadoras y en el que los mediocentros y la defensa se convirtieron en una muralla para la selección europea. Toda una gesta.

Ya con el marcador 3-0 a favor y con el reloj coqueteando con el final del partido, Juan Guillermo, el extremo derecho, el mediocampista, el delantero, el lateral, apareció con un quite deslizante en su propia área.

Fútbol de puro corazón.

Dicen que así era desde niño, a pesar de una infancia dura, con su cuota de privaciones. Dicen que una de las instrucciones más estrictas de sus padres era correr a esconderse al menor rumor de disparos de bala. Grupos armados ilegales hacían presencia en el lugar y en la época en los que creció. En una de esas contingencias perdió a su padre, Guillermo, un hombre trabajador y ajeno a esa violencia. Juan, el niño de Necoclí, en el departamento de Antioquia y en el Chocó biogegráfico de Colombia —una de las regiones más bellas y pobres de su país— se refugió en la familia, en el amor sin reservas de su madre Marcela Bello, y enfocó toda su hiperactividad juvenil, espíritu de lucha y Fe  en su obsesión: la pelota.

Hoy Cuadrado construye también familia con su esposa Melissa Botero, colombiana como él, y con su hija Lucia.

Y en la cima del fútbol se sigue acordando de sus origines humildes y tiene una fundación dedicada a apoyar a niños y jóvenes, y su entorno familiar, a través del arte y la cultura.

Un campeón del fútbol, más allá del fútbol.

Juan RenBo para Surámerica Football Club

Twitter @JuanRenbo

Twitter @SuramericaFC

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